Vampiro y yo

Hoy hemos acabado una partida de Vampiro, y ha sido genial. Un excelente final a una pequeña historia de ambición y de mentiras. Y al volver a casa, escuchando esta canción (no esta versión, pero da igual) y pensaba en el juego.

Hace 20 años (20 años ya) que juego a este juego, y nunca ha dejado de maravillarme. El efecto tan singular que causa en los que jugamos, la manera en la que se diferencia de otros sin hacer nada especial para diferenciarse. La emoción que aún puede despertar en mi al preparar las partidas, al pensar en los personajes y en el mundo en el que habitan, tan parecido al nuestro y tan distinto a la vez. Incluso si, como en este caso, se trata de lugares y personajes tantas veces visitados.

Hace 20 años que juego a Vampiro. Y aún recuerdo con nitidez la primera partida que monté: recuerdo los personajes de Loren (el Tremere bueno), de Liñán (el vampiro albino anarquista que leía sobre anarquismo), de Iván (el Nosferatu que abusó de sus alumnas), de Alma (“yo no juego a rol, yo juego a Vampiro”), Raquel (anarquista, motera y comprometida con huir de aquel internado para siempre) y Jorge (el Gangrel drogata que mataba traficantes).

Recuerdo aquella Gotham en la que Batman estaba a punto de descubrir que los vampiros existían. Donde Drácula, que era un Tremere porque entonces sólo había 7 clanes y porque los Tremere molan más que nadie y porque acababa de leer Batman vs Drácula: Lluvia Roja, gobernaba la ciudad más gótica del mundo. Donde Freddy Mercury nunca murió porque un vampiro no pudo dejar que palmara de SIDA.

Era 1993, y Depeche Mode acababan de sacar Songs of Faith and Devotion, que es para mi su mejor disco. Era el año que yo iba a empezar la universidad, y nos enamoramos de aquel juego hasta las cachas, y jugábamos horas y horas en la bodega de Jorge, sólo con las velas, aquel lugar fantástico que no olvidaré jamás.

Uno sabe qué es importante porque nunca ha dejado de estar contigo, y porque nunca deja de tener para ti infinidad de facetas. Hubo otras partidas tras esa, muchas otras. Y nunca olvidaré esa.

Y después de esa campaña vinieron otras, con gente distinta y personajes y lugares distintos, como el bluesman de Fede que me hizo descubrir a Clapton y esta canción:

O a Peivol con aquel PJ humano entre todos los vampiros, inspirado en Marv de Sin City. O a los Novatos corriendo por las calles de Praga en el siglo XII. O al grupo de las Crónicas Giovanni (el Obispo, Elvira, Peivol, Rosa y Arianne), con los que por primera vez vi lo que era ver crecer a personajes a lo largo de 400 años. O mi grupo de Madrid (Tindriel, Carlos, Diana, Tomber, Héctor) explorando qué hacer si te vuelves un monstruo y el monstruo eres tú.

Y así hasta ahora. Ahora jugamos en Barcelona, y es una Barcelona que es la vieja Chicago con la que empecé a inspirarme para Gotham, y volvemos a visitar a esos personajes en otros lugares, y nos volvemos a enamorar igual del juego. Siempre igual.

Han pasado 20 años. No sé cuántas horas he podido dedicarle a este juego. No veo que vaya a parar ni a dejar de entusiasmarme. Quisiera saber qué es lo que tanto me gusta de ello. Quizá así podría explicarlo cada vez que topo con alguien a quien nunca le gustó, o a alguien que me dice que ya está harto del juego.